27 abr. 2020

Mis espacios de libertad

Por estos días hay dos grandes tendencias en las redes sociales. La primera, con categoría “propia de Facebook”, es la de los bulos y supercherías que nos gusta imaginar y, por tanto, dar por posible: que si señales apocalípticas, que si un plan preconcebido de los iluminatis para quitarnos alienarnos, que si murciélagos con forma humana, que si el 5G… Ya sabemos de qué va la conspiranoia, mientras menos sabemos de un asunto, más nos complace, mayores senderos se abren a la imaginación. La segunda, “propia de Twitter”, es la trifulca política, no hablo de discusión, sino de matanza, de ir a por todas y a por todos los que piensen diferente.
En ambos casos hay elementos comunes: intransigencia y desdén. A quien discrepa de una opinión mayoritaria en ese ámbito estrecho y precario que es “mi muro”, “mi TL”, mi espacio, se le suele decir que no se entera, aunque no sea con esas palabras. Crees eso porque no tienes amplitud de miras, o porque no has leído a Luc Montagnier, o porque te crees todo lo que te dicen, o porque tienes que desaprender. A una rusa que reside en España, hace unos días le dijeron que cómo sabía ella que el sistema comunista era una mierda. Porque lo viví veinte años, contestó ella. Eso no quiere decir nada, replicaron, tu experiencia personal no es determinante.
Durante estos días, no he tenido muchas cosas que decir, a nadie. Los pocos ratos que me quedan libre entre mi empleo y mis hijos, los he dedicado a observar y escuchar. Lo que voy viendo no es nada halagüeño, en verdad. Sabemos que los momentos difíciles suelen sacar lo peor de las personas, tanto a nivel personal como colectivo. Esta no ha sido la excepción. Pero como estamos en esa época donde lo importante es figurar, donde el símbolo importa más que el significado y el significante, queremos aparentar lo contrario. Esos videos que muestran obras de caridad, bondades extremas, sacrificios insignificantes, alegrías desbordadas, tienen el mismo defecto que las películas porno: todo está demasiado calculado y sólo lo creemos porque necesitamos la emoción artificial. Simular que somos buenos. Como si a alguien le importara. Aparentar que “la gente” -ese eufemismo que utilizamos cuando en realidad queremos decir “los otros”, no yo, como se te puede ocurrir que sea capaz- es mala, es insolidaria, es tonta, es, en fin, reprochable; y por tanto debemos vigilar, fiscalizar, dar el visto bueno, o el malo, a todo lo que ocurre. Otra vez, como si a alguien le importara.
Durante estos días, como he intentado toda mi vida, me he dedicado, además, a reclamar mis espacios de libertad. Tendemos a creer que los derechos que disfrutamos son inamovibles y estarán siempre ahí, que no hay que hacer nada para mantenerlos. Sin embargo, no es así, basta echarle un vistazo histórico a la irrupción de represión a las mujeres en países donde habían gozado de una libertad casi plena, de mojigatería sexual donde se había rozado la total espontaneidad carnal, o la de regímenes totalitarios en sociedades con cierto grado de libertades y derechos. Estamos -o, mejor dicho, estoy- obligado a hacer uso de mi libertad y así saberme digno de ella, capaz de ella.  La política tiende siempre a coartar la libertad, siempre y todo lo que se pueda, un instinto, y en cierto modo es entendible ya que es más sencillo administrar una sociedad de personas afines y similares que otra con grandes diferencias entre los unos y los otros. La política, los políticos, se ponen cachondos en períodos especiales, estados de alarma, de excepción. No hay nada mejor para seguir ese instinto. Todo está justificado, es entendible, se justifica.
En las circunstancias actuales -léase pandemia, muertes, incertidumbre, desconcierto, más muerte- tendemos a aceptar lo que nos ordenan. Los gobiernos coartan la libertad “por nuestro bien”. Se pretende, además, que ni siquiera nos lo cuestionemos, porque es “por nuestro bien”, porque no podríamos valernos por nosotros mismos, porque no somos tan listos y brillantes como ellos, como… los políticos, como los lobbies, como los influencers, como los putos tertulianos de la tele o la radio. E, incluso en estas circunstancias, mi deber es escuchar, intentar entender lo que ocurre a mi alrededor y exigir mi tramo de libertad.



27 feb. 2020

Histeria


 Ese terror a morir. Sin duda, la especie animal más acojonada que podía resultar de la evolución. Y es curioso porque vamos a morir todos, bestialmente, privados de sentidos y control. Nadie sobrevivirá. Persiste esa sensación de que la muerte es algo que le ocurre a los demás, no va con nosotros, mírame como respiro y defeco y voy al gimnasio y tengo preocupaciones, esperanzas. No queremos ser “los demás”, esos seres grisáceos que reposan en las vitrinas de los tanatorios.

  Pero morirse es sencillo. Un día te vas a la cama pensando que ya lavarás los platos cuando te levantes al día siguiente, y no hay día siguiente ni levantarse ni lavar los platos. Un día giras el volante hacia el sitio incorrecto. Un día un vaso sanguíneo de cerebro se rompe, sin que lo puedas prever o evitar. Un día una célula se descontrola, y otra, y otra, se dividen, invaden. Los muertos no sufren la muerte. Los muertos se mueren. Son los vivos los que sufren, extrañan, lloran. El muerto, quien ayer era uno más del grupo, uno de los nuestros, hoy es “los demás”.

  Dicen que a veces hay que tentar a la muerte para sentirse vivos. Una vida triste, les imagino. Van a tirarse en paracaídas, hacer puénting, poner el coche a 200 km por hora en una carretera de doble sentido. Al día siguiente corren a comprar mascarillas y desinfectante, a acaparar, a luchar si fuese necesario por las últimas existencias. Al día siguiente no creen que sea buena idea ir a un bazar chino a comprar tornillos. Al día siguiente los medios informativos del tremendismo logran audiencias increíbles para esta época de Netflix y YouTube, de Twitter y Tinder.

  Uno de los problemas de la ficción es que hay quienes la terminan confundiendo con la realidad. No es algo nuevo. Ahí está Don Quijote. Y aquí estoy yo poniendo a Don Quijote de ejemplo. La ficción de la incertidumbre, hoy cuando la gente ha dejado de tener bases de convicción y, voluntariamente, con toda la libertad de la que disponen, las han cambiado por superchería, imaginación y egolatría, a partes iguales.

  Demasiadas películas y series chorras. Ese alegre temor a los apocalipsis imposibles nos lleva a pensar que podemos controlar algo, identificarnos con los sobrevivientes de The Walking Dead. Nadie se identifica con quien terminó deglutido por el zombi. No tenem

21 feb. 2020

Hace tiempo que no sueño con palabras


     Sí, soñaba con palabras, palabras hechas y derechas, de pelo en pubis, cada una con su pasado, sus orígenes, sus épocas boyantes o paupérrimas; un universo en sí mismas. Algunas daban para escribir una novela (si escribir novelas tuviera sentido): sobaco, melifluo, daguerrotipo, urticaria; otras para un relato, de los cortos: jarrón, manguera, orina, cicuta.

En ocasiones las palabras me perseguían, en grupos o en solitario, sin que eso condicionara la sensación de abatimiento. Otras veces eran parte de un paisaje: un banco, un árbol, la escultura de una rotonda. Si al menos hubiese soñado con números, pensaba a veces, quizás me habría sido útil para ganarme la lotería. No hay loterías de palabras. Los números tiene su propósito tangible y específico. No hay nada más contundente que una cifra. Hubo 27 muertos, nos cuesta 50 años llegar a adultos, se corrió 7 veces seguidas, aquella tarde cuando era el final de todas las cosas. Números. ¿Para qué sirve una palabra sino para crear confusión?


Durante unos meses soñé recurrentemente con la palabra “falsa farsa”. Sí, sé que en realidad son dos. Sin embargo, en mi sueño eran una. Soñaba que despertaba y había alguien junto a mí en la cama. La podía tocar, sentir su calor al tacto. Cuando uno sueña que despierta, pero sigue dormido, en realidad, es un recurso del cerebro para ensanchar la verosimilitud. Falsa-farsa, en alguna ocasión, se me insinuaba, ya sabes, se acercaba, aceleraba la respiración, olía a feromonas a la desbandada. Pero ya la examinaba sin aclararme cómo se podía follar con una palabra, cuál era el agujero correcto para cada cosa, dónde estaban los puntos erógenos en aquellos ángulos, en aquellas separaciones entre letras.


Definitivamente, tenía su encanto aquello de soñar con palabras. Aunque no fueran sueños que se pudieran compartir. Uno no puede ir por ahí contando que anoche, en un sueño, me quise follar una palabra que en realidad eran dos. Me pasa con la mayoría de las cosas. Habría que dar explicaciones y todo el mundo debería saber, a estas alturas, que no me gusta dar explicaciones de mi vida, ni de mis sueños.

Tenía su encanto aquello. Pero ya no sueño con palabras. Ni con nada.


10 feb. 2020

Mi amigo David

Words are flowing out
Like endless rain into a paper cup
They slither while they pass
They slip away across the universe
Pools of sorrow, waves of joy
Are drifting through my opened mind
Possessing and caressing me.

      Todo el mundo habla hoy de la muerte del periodista y escritor David Gistau. Con todo el mundo no me refiero al dueño del bar de debajo de casa, ni al señor que me he encontrado esta mañana, mientras paseaba al perro, y me ha querido comentar algo impreciso que no entendí ni quise entender, ni mi a mi vecina del quinto. Evidentemente no todo el mundo habla de Gistau. Pero sí los medios, los periodistas, los políticos, incluso. He leído sentidos homenajes de compañeros, reseñas de amigos, escuchado voces quebradas en la radio, recordando parte de su personalidad e ingenio. 

   Quizás la mejor descripción se la escuché a Carlos Alsina en su programa: libre entre los libres. Porque esa era la imagen que tenía de David Gistau, la de ser capaz de ser quien era, sin sucumbir a tópicos, en su vida ni en su trabajo. Lo escuché y leí suficientemente como para hacerme una imagen de él. Sé que esa imagen es mía y posiblemente nada tenga que ver con él, alejada, tergiversada, un tanto vacía. Dejamos rastro en lo que escribimos, no es lo que decimos ni cómo lo decimos ni siquiera lo que dejamos de decir. El rastro lo dejamos en el vacío que se llena, en la poesía de las palabras, en la valentía obligada, en cómo somos capaces de esconder la cobardía, en la música que escuchamos mientras escribimos, aunque nadie sepa exactamente cuál es. Pero es rastro que queda ahí junto a nuestras palabras, puede ser malinterpretado, puede estar muy lejos de lo real. A fin de cuentas, no sé si David roncaba, o qué marca de cerveza solía pedir, o si prefería el whiskey solo, con agua, con soda. Incluso si lo supiera, ¿qué sabemos en realidad de nadie, de las cosas que se cuecen dentro, de los retorcimientos espirituales, de la imagen que le asalta cuando tiene un orgasmo?

   David Gistau era mi amigo. No hablábamos mucho. De hecho, yo nunca le he contado nada, pero él a mí sí. Aparte de todas esas cosas que le escuché y leí había ciertos encuentros entre los dos. Nacimos el mimo año, en puntos diferentes del mundo, pero las cosas del azar, la ventura y la vida, nos fueron acercando a lugares comunes que presiento, más que sé. Tenía la esperanza de encontrarnos un día, salir un domingo a dar una vuelta en moto por carreteras serpenteantes y sentarnos, ya a la tarde, con la muñeca derecha entumecida, a tomarnos una cerveza y a conversar como viejos amigos que han dejado de verse durante demasiado tiempo. 

   Eso ya no pasará.
 
   Me queda seguir mirando las cosas que dejo tras sí, darme cuenta de que nacimos el mismo año y de mi apocada distancia de casi todo lo que pueda entenderse como un éxito en cualquier aspecto. Se llama vuelta a la realidad. Porque no hay nada como comprarse con aquellos a quienes admiras para bajar cualquier intento de vanaglorias.

   David Gistau era mi amigo, aunque casi nadie lo supiera, siquiera él. Y como amigo, me gustaría hacer las cosas que se hacen por los amigos en días como hoy. 



 

2 dic. 2019

Leer está sobrevalorado, baby

     Hace algún tiempo, conversando con mi amigo H, estuvimos de acuerdo en que, si hubiésemos dedicado para hacer negocios de cualquier índole (como me bienaconsejaba mi padre) apenas la mitad del tiempo y las energías utilizados para leer, nos habría ido mejor en la vida. Leer está sobrevalorado. 
  Gorky: "todo lo que hay de bueno en mí, se lo debo a los libros". Es una frase que se cita con frecuencia. Incluso he encontrado a un profesor de literatura que pretende que sus alumnos lo interioricen como una máxima vital. Sin embargo, es una frase de mierda. Aunque sea de Gorky (quien, ya que tocamos el tema, llevó una vida casi miserable). Imagino a su padre dándole collejas y diciéndole, ¿ah, sí? ¿quieres decir todo, todo, todo lo bueno? ¿ni una pizca se lo deberías agradecer a tu familia, tus amigos, a lo que te enseñó tu abuela? ¿no había nada bueno en nosotros, ingrato de los cojones? 
  Somerset Maugham: “Adquirir el hábito de la lectura y rodearnos de buenos libros es construirnos un refugio moral que nos protege de casi todas las miserias de la vida”. Nope. Leer no nos protege de las miserias de la vida, no nos protege del desamor, ni de la avaricia, ni de la pérdida de un ser querido, ni de un ataque terrorista, ni de la persecución del prestamista, ni de la impotencia de no poder dar de comer a tus hijos, ni de la traición, ni del suicidio (mas bien incite, en algún caso), ni de la soledad… Creo que no hace falta seguir. La lectura proporciona un "refugio", sí, pero más como escape de la realidad, como procrastinación de aquellas cosas importantes, de esas en las que nos jugamos la vida. 
  “Cuando oigo que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy predispuesto a pensar bien de él” (Nicolás de Avellaneda). / “El libro es fuerza, es valor, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor" (Rubén Darío). / “Leemos para saber que no estamos solos" (William Nicholson). / "No hay disfrute como la lectura" (Jane Austen). / "El que ama la lectura, tiene todo a su alcance" (William Godwin). 
Una simple búsqueda nos devuelve miles de frases de este tipo. Frases pomposas, exageradas, arrogantes, snobs. Ejemplos infinitos. Básicamente: escritores ensalzando su producto, regodeándose, elevando a categoría divina lo que ellos hacen. Para ver a personas admiradas por su talento o inteligencia expresarse de manera tan imprecisa y poco racional, hay que buscar en comentarios similares sobre cuestiones como la religión, el amor o la política. Comparten una forma de abordarse desde el entusiasmo incondicional, la simplificación y la hipérbole tanto como una manera simple de convencer a los demás, como a nosotros mismos. 
Leer está bien. Pero la vida es asombrosa aún sin libros.