11 ago. 2019

Ventanas


           En aquellas madrugadas interminables cuando había demasiados asuntos y el sueño se entretenía con imposibles, y con una figura que paseaba por la calle, y con las sirenas que iban a encontrarse con aquel suceso del que no sabría nunca nada; sólo a veces, se acercaba hasta la ventana, encendía un cigarrillo y miraba aunque no pudiera ver (la ventana solía ser una pantalla oscura y vacía, una pared que separaba, igual que todos los detalles que habían cavado la trinchera entre los dos). En ocasiones creía verla, la imaginaba, intuía su olor al otro lado. Mirar a la ventana era un alivio, una incitación a seguir dando pasos mientras pudiera. Así que pisaba la colilla y regresaba a casa. Y dormía.

3 ago. 2019

Los niñatos tienen Twitter

      El término niñato contiene un menosprecio tácito. No se le dice niñato a cualquier joven. Sólo a los gilipollas. Sabemos que la ignorancia es atrevida. Y es el error de muchos jóvenes a día de hoy, no que crean saberlo todo, porque posiblemente todos hemos pasado por ese momento cuando creíamos que todos estaban equivocados menos nosotros mismos; el error es regodearse en esa idea y no dudar. La sapiencia es duda. Mientras más seguros estemos de nuestras ideas, convicciones, juicios, menos sabios somos. En las anteriores generaciones de adolescentes teníamos niñatos, por supuesto, pero la pedantería era derrocada rápidamente por un guantazo en el momento adecuado, o por ese otro golpe mayor: siéntate ahí, que yo te voy a contar de qué va la cosa, todas esas cosas de las que no tienes ni puta idea. Pero hoy los niñatos tienen twitter (e instagram y etcéteras) y el anónimato les permite no afrontar las consecuencias del atrevimiento ignorante. Y allí se escudan, y vuelven a su vida, tan forzosamente triste, sin dudar.


P.D. Sí, que también hay mucho adulto gilipollas, y ancianos y muertos que fueron muy gilipollas, pero la mayoría de las veces, tienen o tuvieron que enfrentar las consecuencias de su gilipollez.

24 jul. 2019

Primavera



        Tienes esos sueños de mierda, sueños mediocres, y plomizos, y distantes, insondables, imprecisos. Ningún sueño supera ésto (ahora, vives y mueres, mueres y vives, sucesivamente, hasta la depauperación). La mediocridad no es un criterio que provenga de los demás, es una condición vital, de la que sólo tú eres consciente, esa muerte, esa consciencia de ser la versión desabrida del yo, la inexactitud en aquel otro sueño, el de aquel veinteañero con hambre que leía a la luz de una vela. Eres capaz de creerte capaz de cualquier cosa, hasta ese momento cuando descubres tu cobardía más básica. Cuando no seas capaz de saber quién eres, es hora de parar y averiguarlo, dijiste una tarde a la sombra de una ceiba. Has llegado allí, gastado, como aquel adolescente que amaba y se consumía en el concepto, en la ubicación y explicación del sentimiento. Y eso basta, o debería. Ahonda. Siéntate en tu trono de papel hasta que la policía y los jueces y el carcelero vuelvan a tocar a tu puerta, en esa danza triste de la compostura. Escoge un bando, aunque sea el de los sin bandos. Termina las guerras que has comenzado. No vivas. O no mueras.

11 may. 2019

La niña de A. C.

        A. C. es escritor. Su ficha dice también que es psicólogo y periodista; que lleva toda su vida inmerso en el estudio de las tradiciones sobrenaturales de los aztecas e intentando juntar esta información, que para él debe ser certera, con la psicología standard o académica. Ha colaborado habitualmente con revistas esotéricas y científicas –aunque de todo debe haber por ahí, incluído revistas esoterico-científicas, imagino que en este caso se refieran a revistas esotéricas y revistas científicas, así, por separado- y ha publicado más de cincuenta libros. “Curar con las manos (guía práctica)”, por ejemplo, o: “Flores de Bah, una terapia de las emociones”, o: “Comprender y usar los sueños: respuestas clave y diccionario de interpretación”. Decir que sus libros se venden como churros sería quizás una exageración. Sin embargo, el cómputo de los beneficios de su trabajo le permite llevar una vida desahogada entre España y su natal México.

Hasta aquí lo que tengo que contar sobre A.C., hasta aquí estas referencias a las que nunca habría llegado de no ser por una noticia que recaló un día entre otros cables voceados en los medios noticiosos.

O quizás falte un último dato, A.C. tiene una hija. Una hija que nació en 1979, también en México, aunque la mayor parte de su vida la ha pasado en Europa donde adquirió la ciudadanía española. Cuando nació, su padre le debe haber regalado unos colgantes con las piedras más preciosas que se pudo permitir. Sin dudas fue una niña hermosa, dulce, el orgullo de sus padres, tan inteligente, tan pequeña, con tantas ganas de aprenderlo todo, desde comer correctamente un helado hasta manipular el tenedor, el cuchillo.

Ella no se hizo escritora ni psicóloga ni periodista y quizás para A.C. supuso una leve decepción, leve y superada cuando pensó en lo que el mismo pregonaba en sus escritos, cosas que incluían palabras como alma, recóndito, interior. Aventurándonos en más supuestos, diremos que quizás su padre  le enseñara a nombrar cosas, palabras que al crecer no podía recordar ni siquiera de manera vaga, pero que de niña repetía constantemente porque ella sabía que a él le hacía especial ilusión escucharlas: teotl, tlajtolli, toltekayotl, kauitl…

Ella no se hizo escritora ni psicóloga ni periodista. Más bien el último trabajo que se le conocía era en una heladería de su propiedad, esa donde días un día la policía encontró los cadáveres de dos hombres descuartizados y ocultos bajo cemento. De cómo terminó viviendo en Austria y abriendo allí una heladería –desde mi desconocimiento: no me parece el mejor de los sitio para abrir una heladaría- es algo que desconozco, que ni siquiera me interesa recrear.

La heladera, la hija de A.C., confesó los dos asesinatos. La detuvieron en la estación de trenes de Udine, en la región de Friuli Venezia Giulia, Italia. La policía italiana informó que aunque les habían reportado desde Austria que era una ciudadana española, en el pasaporte constaba México como lugar de nacimiento. Un policía dijo además, a través de su cuenta de twitter, que la reclusa pasa gran parte del tiempo repitiendo una letanía, algo así como: teotl, tlajtolli, toltekayotl, kauitl, machilistli, tlatsotsonalli, xochikuikatl, tokaitl...


9 abr. 2019

Don DeLillo: Submundo

Traducido por Yomar Glez
Tomado de www.nytimes.com


Por Michiko Kakutani

Una década después de los sucesos del 11 de septiembre, vale la pena releer la excelente novela de Don de Lillo "Submundo" para apreciar cómo en ella el autor logra capturar la extrañeza surreal de la vida en la segunda mitad del siglo 20 y consigue a su vez anticipar el hundimiento de Estados Unidos en la ola del terror y en la exigencias propias del nuevo milenio.

La novela –la portada original llevaba una imagen de las Torres Gemelas rodeadas de niebla y amenazando una pequeña iglesia- se centra en los años de la guerra fría. Pero su retrato de la vida bajo la sombra de una bomba atómica -esa cosa "que han traído" al mundo y que "omnibula la mente"- es inmediatamente transpolable. Como hizo tan astutamente en las novelas anteriores, DeLillo describe una América esclava de la celebridad, la tecnología y los medios de comunicación, un país afectado por la paranoia y la confusión, un país en el que no hay límites para el poder del dinero, y "la violencia es más fácil ahora, está desarraigada, fuera de control, sin medida".

A pesar de que "Submundo" gira entorno a las experiencias de Nick Shay -un personaje que comparte la infancia en el Bronx y la educación católica del escritor-, desarrolla  un retrato panorámico de Estados Unidos a través de las vidas entrecruzadas de decenas de personajes, famosos y oscuros: aficionados al béisbol y fanáticos de las conspiraciones, buscavidas, timadores, empresarios, científicos y artistas. La novela se mueve desde las calles de Nueva York a los suburbios y al desierto de Nuevo México, saltando atrás y adelante e incluyendo un espacio temporal que abarca desde los años cincuenta hasta los noventa; de modo que logra sugerirnos cómo las vidas privadas y los sucesos públicos, lo personal y lo colectivo, pueden converger con fuerza explosiva.

Los lectores que se sientan intimidados por las más de 800 páginas de la novela, prueben al menos leer el prólogo: una impresionante pieza de aproximadamente 50 páginas donde se relata la experiencia de 35 000 personas viendo el famoso partido de béisbol del 3 de octubre de 1951, cuando los Gigantes vencieron a los Dodgers y ganaron el título de las Grandes Ligas -un juego que se celebró el mismo día en que la Unión Soviética detonaba su bomba atómica y que marcaba un nuevo giro letal de la guerra fría. Este prólogo es una valiente muestra de los poderes literarios de DeLillo y logra por sí sólo impulsar al lector hacia el resto de esta novela deslumbrante y clarividente.

Artículo original en inglés Aquí.