20 jun. 2018

Life Goes On

Cuando mi padre regresó a Cuba de Iraq (Castro le construía algo a Saddam en el desierto, pero comenzó la guerra Iraq vs. Irán y lo trabajadores se volvieron con prisas), se llevó un ventilador Sanyo, un reloj Orient, un tapiz de unos perros jugando al billar y una grabadora de cintas. Entre las cintas (casetes, les llamábamos) había una con algunas canciones de un tío llamado John Cougar (John Mellencamp o John Cougar Mellencamp). Posiblemente fueran las primeras canciones de algo parecido al rock que escuché en mi vida. Ésta era una de ellas. 



Jack and Diane

A little ditty 'bout Jack & Diane
Two American kids growing up in the heart land
Jack he's gonna be a football star
Diane debutante in the back seat of Jacky's car
Suckin' on chilli dog outside the Tastee Freez
Diane sitting on Jacky's lap
Got his hands between her knees
Jack he says:
"Hey, Diane, let's run off behind a shady tree
Dribble off those Bobby Brooks
Let me do what I please"
Saying oh yeah
Life goes on, long after the thrill of living is gone
Sayin' oh yeah
Life goes on, long after the thrill of living is gone
Now walk on
Jack he sits back, collects his thoughts for a moment
Scratches his head, and does his best James Dean
Well, now then, there, Diane, we ought to run off to the city
Diane says:
"Baby, you ain't missing nothing"
But Jack he says:
"Oh yeah, life goes on, long after the thrill of living is gone"
Oh yeah
He says: "life goes on, long after the thrill of living is gone"
Oh, let it rock, let it roll
Let the bible belt come and save my soul
Holdin' on to sixteen as long as you can
Change is coming 'round real soon
Make us woman and man
Oh yeah, life goes on
A little ditty 'bout Jack and Diane
Two American kids doin' the best they can.

31 may. 2018

Fotos y ensaladas

        Una mujer caminaba a mi lado ayer. Sostenía una fiambrera en su regazo, acomodada entre las tetas y uno de sus brazos. Le sonó el teléfono y, cuando fue a buscarlo en el bolsillo de sus vaqueros, la fiambrera se le deslizó, cayó a la acera y el contenido se esparció. Me gustan las ensaladas, principalmente mirarlas cuando han tenido el buen gusto de mezclar convenientemente la gama de colores vegetales, de tal modo que, aunque no te gusten las ensaladas, termines diciendo que es bonito. 

-Justo estaba pensando que tenía hambre -dijo la mujer. Por un momento creí que me lo decía a mí, pero no, no necesitaba ningún interlocutor, se lo había dicho a sí misma, o a la otra ella que le acompañaba, como a mí el otro yo, o a ti el otro tú.

Por un momento, creí que se pondría a llorar allí, en plena acera, a la vista de tanto extraño como pulula por estas ciudades del mundo. Se había puesto de rodillas ante la fiambrera ladeada, como si prepara para un rezo o adoración. Pero, no, sólo estaba mirando con detenimiento su comida y, quizás, pensando de nuevo en su hambre de las 14:05.

Y entonces (tendría que haber puesto aquí “en un inesperado giro de los acontecimientos”, me encanta la frase, pero me reprimo y no, no la pongo), la mujer saca el móvil para hacer una foto. En unos segundos, su comida derramada estaría en Instagram y viajaría por ahí, a destinos insospechados, a personas que pensarían “pobre mujer”. O que se reirían de ella con ese exacto instinto de reírnos cuando alguien tropieza y se cae. Aunque se haya abierto la cabeza con el bordillo de la acera.

Y sí, me pareció fascinante, así que pensé hacerle una foto. Me preparé para ello. No tengo Instagram, pero oye, siempre nos quedará esto de Facebook. Y en eso estaba cuando me imaginé que detrás de mí habría otra persona a quien le podría parecer fascinante que a mí pareciera fascinante, y que se disponía a hacer una foto de mí haciéndole una foto a la mujer que le hacía una foto a su comida en la acera. Y ya, entonces, entré en caída libre e imaginé que a una cuarta persona le podría parecer igual de fascinante hacerle una foto a quien me hacía la foto mientras le hacía la foto a la mujer haciéndole una foto a su comida derramada. Pero no quedó ahí. E imaginé a una quinta persona, y a una sexta, a una séptima, and so on… Un infinito de fotos de personas que le hacían fotos a quienes hacían fotos… Porque, tengo que admitirlo, cuando mi cerebro entra en este tipo de cosas puede ser imparable.

Pero pude detenerlo a tiempo. Mi solución fue sencilla, definitivamente no haría foto, así que aquel patrón infinito se rompía allí mismo, guardando mi móvil. Y así pasó.

¿Y la mujer?

No sé, seguí mi camino. Antes de girar la esquina miré y seguía estando allí. O se había ido. Fue sólo un segundo. Además, ¿a quién coño le importa?

©Martina Dankova


1 may. 2018

Wild Wild Country: más allá de la secta

 A principios de la década de los ochenta del siglo pasado, el pueblo de Antelope, condado de Wasco, en el estado norteamericano de Oregón, se vio de pronto inundado por miles de personas vestidas de carmín. En una agreste finca de las inmediaciones, comenzaron a construir: casas, pabellones, infraestructura, servicios comunitarios, un lago, un aeropuerto... Lo que había sido el Rancho de Big Muddy, se convertía poco a poco en una nueva ciudad. 

Los hermanos Chapman y Maclain Way son los directores de la serie documental de Netflix Wild Wild Country, que nos narra la asombrosa historia de un líder espiritual y sus seguidores que se proponen construir una ciudad que les sirviera para realizarse de una manera diferente y, de paso, presentar un ejemplo de la posibilidad de acercamiento alternativo a la vida. 

Desde finales de los años sesenta, Bhagwan Shree Rajneesh (India, 1931-1990), también conocido como Osho, ya tenía seguidores conocidos como sannyasins. Por esas fechas, también, comenzó a expandir sus enseñanzas espirituales que intentaban ofrecer una nueva manera de acercarse a las tradiciones religiosas, el misticismo y la filosofía. En 1974, Bhagwan se trasladó a la ciudad de Pune, donde se estableció una fundación y un ashram o centro espiritual (Rajneeshpuram) desde donde daba sus discursos, escribía y se recibían a personas de todo el mundo que encontraban en sus ideas una manera de transformar sus propias vidas. A finales de esa década, las tensiones entre  el partido gobernante en la India y el movimiento espiritual de los sannyasins, dificultaban el desarrollo potencial que los líderes se proponían. De ese modo, se planteó la posibilidad de cambiar la ubicación geográfica de Rajneeshpuram, y el sitio escogido fueron las 25,993 hectáreas de un rancho en las cercanías de Antelope. 

Sin embargo, el argumento de Wild Wild Country va mucho más allá de los entresijos de una secta o culto religioso o club espiritual o lo que hayan sido los rajneeshees. Durante lo seis capítulos de la serie se nos muestra una amalgama de emociones y acciones humanas, sus motivaciones y consecuencias; un sorprendente relato sobre la intolerancia, el temor a lo desconocido, el temor, también a la pérdida de lo soñado, mezclado todo con lucha mediática, atentados bacteriológicos, intentos de asesinato, litigios, política, intrigas, lujo, alegría, felicidad, tristeza, amor... 

Wild Wild Country está disponible en Netflix.

6 mar. 2018

Enfermera (una ficción)

     La chica estaba de espaldas a él, se contoneaba ligeramente como si sonara una canción en alguna parte o llevara una música necesaria siempre en su cabeza. Al otro lado había una pequeña ventana que daba a un patio interior y a través de ella se podían ver tuberías de agua reptando por una pared gris. La chica llevaba un vestido de tela fina y mientras se iba soltando la larga fila de botones él podía ver la silueta de su cuerpo contra la luz que entraba por la ventana. Tiró el vestido sobre la silla y se sentó junto a él, con una mano le acarició la nuca y con la otra la entrepierna.
–Hablemos –dijo él.
–Ya te dije que no quiero complicaciones. Te follo como tú quieras, el tiempo que quieras o puedas, me pagas y fin de la historia.
–Me dijiste que habías sido enfermera.
–Soy enfermera, y lo que tú quieras que sea. ¿Qué coño les pasa a los hombres con las enfermeras? ¿Por qué no se van a un jodido hospital en vez de buscarse a una puta que diga que es enfermera? No tengo ropa de enfermera, pero algo ya nos inventaremos…
–Espera, espera –por tercera vez le quitó la mano de la portañuela–. No quiero follar con nadie. Lo único que quiero es que hagas algo por mí, te pago y fin de la historia, como tú dices.
–No me compliques, de verdad, déjame seguir con lo mío, me va bien así.
–Déjame decirte, por lo menos…
–Ya, ya, ya. Esto sé que me va a complicar. ¿Por qué todas las historias raras me tienen que pasar a mí?
Se quitó la camisa. La venda que había puesto para taponar la sangre se había convertido en una masa viscosa que amenazaba con fundirse a la carne. Cuando la retiró de un tirón se le escapó una queja minúscula y ridícula; un chorrillo de sangre brotó, llegó hasta el codo y allí se detuvo.
–Mierda, mierda, mierda, mierda.
–Creo que tengo una bala por ahí. Sólo quiero que me la saques, me laves con agua y jabón, eches un poco de esto adentro y me pongas una venda. Muy sencillo. Y te doy cinco veces lo que me ibas a cobrar. Diez minutos.
Hasta que no terminaron ella no dijo nada más, siquiera una palabra, se limitó a asentir, mover sus manos y mantener siempre un rictus de asco y miedo. Él le pidió que se quitara también la ropa interior, así no manchaba nada. Fueron a la bañera, buscaron el mejor acomodo posible: primero esta pasta blanca, ponla en todo el hombro, es para que no me duela tanto; ponte los guantes, no tengas miedo, piensa que vas a cortar un pollo, la parte mala de un melocotón; corta un centímetro a cada lado del agujero, mete la pinza, muévela despacio hasta que creas que choca con algo duro, eso debe ser la bala; trata de cogerla con la pinza y sácala de una vez, fuerte, me va a doler, pero al menos será una vez; lávalo bien; si puedes fíjate que no queda nada adentro, escarba un poco con la pinza si hace falta; coge el bote y llénalo todo con eso; un par de gasas, la venda. Hasta que él no logró disimular el dolor y sonreír, ella no pareció estar tranquila. Lo llevó a la cama. Regresó a darse una ducha y regresó envuelta en una toalla.
–Las cosas que nos hacen hacer los hombres –dijo antes de darse cuenta de que el hombre se había dormido o desmayado–. Oye, ni se te ocurra morirte en mi casa. Esto es una mierda.
Se vistió y se entretuvo mirando en las cosas del hombre. En la billetera llevaba unos quinientos. Se los guardó. Había traído un bolso de gimnasio y uno de los que se usan para llevar un portátil. En el de gimnasio había algo de ropa.
Cuando el hombre se despertó, ella estaba sentada aún a su lado, en la silla.
–No estás muerto.
–No, parece que no.
–¿Cuánto?
–¿Qué?
–¿Cuánto dinero tienes aquí? –puso el bolso sobre sus piernas y lo entreabrió como para cerciorarse de que seguía estando allí, de que el hecho de que el hombre hubiera despertado no había hecho desaparecer todo.
–No lo he contado. ¿Por qué me has atado a la cama?
–¿Qué te parece?
–¿Por qué no te fuiste antes?
–No lo sé. Quería ver que estabas bien.
–Si me dejas así me voy a morir.
–Lo siento –dijo ella y se marchó sin que el hombre pusiera ningún otro reparo.


22 feb. 2018

Eso de amarnos


"El rapto de Proserpina" (detalle), Gian Lorenzo Bernin

   El espíritu cristiano –y no sólo católico, por cierto-, esa quimera de occidente más bien falsa, mencionada y repetida, poco creíble, confluye con otras ideologías religiosas en un acercamiento casi despiadado al concepto del amor.

En lengua española al menos, la palabra amor tiene una connotación hiperbólica, algo así como  querer con exageración; además de acarrear más de una connotación sexual. De ese modo, una sentencia del tipo “amaros los unos a los otros” requiere, cuando menos, unos minutos de consideración.


"Va contra natura amar a todo el mundo indiscriminadamente", decían los guionistas de House en boca del doctor. Porque se sabe que amar a una única persona es extenuante, y cuando el amor se cura, uno se suele sentir liberado. No poseemos la energía suficiente para amar a, pongamos, todos los miembros de la familia. La extenuación de mantener esa intensidad de cariño nos mataría.

¿Cómo podemos, entonces, amar a todo el mundo, indiscriminadamente?

No podemos. No se puede amar a diez, cien, siete personas y conservar el juicio.

Sin embargo, sí es relativamente sencillo odiar a diez, cien, mil personas. El odio se nos ha presentado como una emoción mucho más sencilla y fiel.

El sentimiento gremial de la sociedad, el sentido de pertenencia a algún grupo es siempre en contraposición a otros: a otro equipo de fútbol, otra clase social, otra raza, otra ideología, otra estética, otro nivel cultural…

Si, por otra parte, con la frase la intención real fue –eh, que todo es posible-: “follaos los unos a los otros”, podemos considerarlo un predicamento masivamente secundado.

Y no es que involucionemos, flagelémonos lo mínimo, sino que la cosa siempre ha funcionado así. 

Al menos hoy está bien visto que la gente amague con aparentar que se quiere. Incluso parecemos dispuestos a hacer como que nos amamos unos a otros, que nos amamos con todo el odio del que somos capaces.