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Tom Wolfe: La hoguera de la vanidades



-¿Que no te ha gustado “La hoguera de las vanidades”? ¿Cómo es posible? ¿Por qué? Es como que no te guste... ¿Dickens? –dice R., periodista (más bien alguien que estudió periodismo, emigrante él y que por tanto sobrevive trabajando en algo demasiado parecido al telemarketing).

-Porque… (Hay algo decepcionante en esa novela. Me refiero a eso de saber, apenas leídas las primeras cincuenta páginas, que nada nos va a sorprender, que todo se desarrollará según hemos intuido y previsto. Sí, he leído por ahí que se suele comparar a Tom Wolfe con Dickens. Como cualquier comparación es, de antemano, justificada, acepto que les comparen si se concluye que lo único que los acerca es el aparente interés de Wolfe por acercarse a Dickens, o a Thackery en su defecto –para muestra el título de esta novela. Alguien debió decirle a Wolfe que ser un gran periodista no es lo mismo que ser un gran novelista (como tampoco lo es lo contrario). Los grandes frescos victorianos de Dickens –y de Thackery- quedan muy lejos de la Nueva York ochentera. Los personajes de Wolfe son prototipos sociales sin matices que rozan la caricatura en ese afán de representar cada sector social y sus clichés. Pero lo que más lo aleja de Dickens -y de Thackery-, es que ellos trabajan el misterio y la tensión necesarios para invitar a pasar a la página siguiente. Wolfe hace todo lo posible por evitarlo, rehúye cualquier intriga verosímil y se convierte en un escritor aburrido. Tom Wolfe es –o fue- un gran periodista, no voy a ser yo quien lo desmienta, y su percepción de la cotidianeidad de la gran ciudad nos lo recuerda y hasta logra salvar el libro si nos la ingeniamos para saltarnos tantas páginas como sea necesario. Es que esas 800 páginas son demasiadas páginas si uno no es Dickens ni Thackery.). No sé, porque no.

-No lo entiendo, es muy buena.

-Ya.

Entrevista a Cormac McCarthy (El cowboy favorito de Hollywood)

Traducido por The Galimatías
Tomado de The Wall Street Journal
20 de noviembre de 2009

Por John Jurgensen 


 El escritor Cormac McCarthy suele rehuir las entrevistas, sin embargo, no puede ocultar que le entusiasma conversar. La semana pasada el novelista se sentó junto a nosotros en el frondoso jardín del hotel Menger. La conversación, en la que también participó John Hillcoat, director de la película “La carretera”, basada en la novela homónima, se extendió hasta tarde y a la cena en un restaurante cercano.
McCarthy ha venido hasta aquí desde su casa cerca de Santa Fe para visitar a Tommy Lee Jones. El actor dirige y protagoniza junto a Samuel L. Jackson un filme basado en la obra de teatro de McCarthy “The Sunset Limited” que se emitirá próximamente por HBO.



    Cuando vende los derechos de sus libros, ¿suele tener contratos que le permitan supervisar el guión, o es algo que queda fuera de su alcance?
No. Vendes los derechos y te vas a casa a descansar. No te puedes inmiscuir en los proyectos de otras personas.

    Cuando fue por primera vez al set donde se filmaba “La carretera”, ¿descubrió mucha diferencia entre lo que vio y lo que tenía en mente sobre la novela?
Imagino que mi noción de lo que ocurría en "La carretera" tiene poco que ver con sesenta u ochenta personas y un montón de cámaras. El director Dick Pearce y yo hicimos una película en Carolina del Norte hace treinta años y ya entonces pensé que aquello era un infierno y me pregunté cómo era alguien capaz de hacer aquello. Así que me levanté, tomé un poco de café, anduve de aquí para allá, leí un poco, escribí unas pocas palabras y miré por la ventana.

    Pero, ¿no encuentra algo atractivo en el proceso de creación grupal, en comparación con el solitario acto de escribir?
Sí, te resulta extremadamente atractivo evitarlo a toda costa.

    Cuando hablaba con John sobre “La carretera”, ¿en algún momento intentó presionarle para que aclarara qué había causado la catástrofe de la historia?
Mucha gente me lo ha preguntado, pero no lo sé, no tengo opinión sobre eso. En el Instituto Santa Fe hay científicos de muchas disciplinas y algunos geólogos dicen que a ellos les parece el choque de un meteorito. Pero en realidad podría haber sido cualquier cosa: actividad volcánica, una guerra nuclear. No es importante en realidad. La cuestión es qué hacer en una situación similar. La última vez que el cráter de Yellowstone entró en erupción, toda Norteamérica estuvo bajo un manto de cenizas de 30 cm de grosor. Quienes han buzeado en el lago Yellowstone cuentan que en el fondo hay un montículo que ya tiene cerca de 30 metros de altura y que parece como si aquello estuviera continuamente latiendo. De personas diferentes obtenemos respuestas diferentes, pero no hay previsión posible, la próxima vez que suceda puede ser dentro de cuatro mil años o el próximo jueves. Nadie lo sabe.

    ¿Qué tipo de asuntos le suelen preocupar?
Si uno toma en cuenta cuestiones sobre las que vienen hablando algunos científicos, se da cuenta que en los próximos cien años el ser humano posiblemente siquiera será reconocible. Podríamos ser parcialmente máquinas o tener implantes computarizados. Implantar un chip en el cerebro que contenga, por ejemplo, la información almacenada en todas las bibliotecas del mundo, es algo posible y no sólo en teoría. Como me han dicho quienes saben de estos temas: se trata sólo de dar con las conexiones apropiadas. Pues bien, éste es uno de esos problemas que se suelen venir a la cama conmigo.

    “La carretera” es una historia de amor entre padre e hijo donde nunca se dice “te quiero”.
Así es. No se me ocurrió nada más que añadir a esa historia. Muchos de los parlamentos que hay allí son conversaciones entre mi hijo John y yo reproducidas textualmente. Eso quiero decir cuando comento que es coautor del libro. Muchas cosas que dice el chico de la novela son parlamentos de John. John dice: Papá, ¿qué harías si yo muriera? Desearía morir también, le contesto. ¿Para poder estar conmigo?, pregunta él. Sí para poder estar contigo. Sólo una conversación.

    ¿Por qué no firma ejemplares de “La carretera”?
Existen ejemplares firmados del libro, pero todos pertenecen a mi hijo. De modo que cuando cumpla 18 años podrá venderlos e irse a Las Vegas o adónde prefiere. Esas son los únicos ejemplares firmados del libro.

    ¿Y cuántos ejemplares son?
Doscientos cincuenta. Alguna vez he recibido cartas de libreros o personas relacionados con el mundo del libro donde me sugieren que tienen un ejemplar de “La carretera” firmado por mí. Solamente les contesto: No, no tienes ese ejemplar.

    ¿Cómo fue la relación con los hermanos Cohen cuando trabajaban en “No es país para viejos”?
Nos vimos y conversamos un par de veces. Son gente inteligente y con mucho talento. Como pasa con John, no necesitaron mucha ayuda de mi parte para hacer una película.

    "Todos los hermosos caballos” también fue llevada al cine. ¿Le satisfizo lo que se obtuvo en esa ocasión?
Pudo haber salido mejor. Tal como lo veo hoy, quizás se pudo haber editado mejor y haberlo convertido en una película bastante buena. El director creyó que podría poner todo el libro en pantalla. Es imposible, tienes que escoger aquella parte de la historia que te interesa. Así que él hizo esta película de cuatro horas de duración y se dio cuenta que para poder exhibirla tendría que llevarla a dos.

    ¿El tema de la extensión es aplicable también a los libros? ¿Un libro de mil páginas resulta, de algún modo, demasiado?
Para el lector moderno sí. Aparentemente la gente sólo lee libros de cualquier extensión si son de misterio o policiacos, en esos casos, mejor cuando más extensos. No se volverán a escribir libros de 800 páginas como se hacía cien años atrás y hay que habituarse a ello. Si crees que podrás escribir algo como “Los hermanos Karamazov” o como “Moby Dick”, adelante, pero nadie lo va a leer. No importa lo bueno que sea o lo agudos que sean los lectores. La intenciones y los cerebros son diferentes.

    Se dice que “Meridiano de sangre” es imposible de llevar al cine por la oscuridad y la violencia que recorren el argumento.
Eso es una tontería. El hecho de que sea una historia cruda y llena de sangre no tiene relación con que se pueda o no llevar al cine. Ese no es el asunto. El asunto es que sería verdaderamente difícil y requeriría una gran imaginación y mucho valor. Pero la recompensa podría llegar a ser extraordinaria.

    ¿De qué modo la noción del paso del tiempo y de la muerte incide en su obra?
El futuro cada vez es más corto y uno lo sabe. En los últimos años sólo he tenido deseos de trabajar y de estar con mi hijo. Oigo que la gente se va de vacaciones y pienso: ¿de vacaciones? No tengo ningún deseo de viajar. Mi día perfecto es cuando me puedo sentar en una habitación con unas cuartillas en blanco. Es el cielo, es oro. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.

    ¿Y cómo afecta ese tic-tac de reloj a su trabajo? ¿Hace que quiera escribir historias más cortas o por el contrario más extensas y complejas?
No me interesa escribir relatos o cuentos. Cualquier cosa que no ocupa años de tu vida ni te lleva a pensar en el suicidio no es algo que merezca la pena hacer.

    Los últimos cinco años han resultado muy productivos para usted. ¿Ha tenido períodos de sequía en su escritura?
No creo que haya períodos productivos y otros improductivos. Es una percepción que tiene la gente por lo que se publica. El días más ocupado puede utilizarse en observar a unas hormigas que transportan migas de pan. Alguien le preguntó a Flannery O`Connor por qué escribía y ella contestó: “porque es algo que hago bien”. Y creo que esa es la respuesta adecuada. Si eres bueno haciendo algo es muy difícil abstenerte de hacerlo. Hablando con personas muy mayores que han vivido bien, la mitad de ellos coincide en que lo más significativo en su vida ha sido la extraordinaria suerte que han tenido. Y cuando oyes esto sabes que es la verdad. No es que menosprecien el talento o el saber hacer. Puedes tener ambas cosas y no lograr nada.

    ¿Podría contarme algo del libro que prepara, algo del argumento o los lugares donde ocurre?
No se me da muy bien hablar sobre eso. La mayor parte ocurre en New Orleans en los años ochenta. Es acerca de un chico y su hermana. Cuando el libro comienza ella ya se ha suicidado y vemos cómo el va lidiando con eso. Ella es una chica muy interesante.

    Algunos críticos han hecho notar que muy pocas veces profundiza en personajes femeninos.
Este libro trata en detalle el personaje de una mujer joven. Hay alguna escena interesante que atraviesa el libro y se acerca al pasado. Planeaba escribir sobre una mujer de 50 años de edad. Creo que nunca seré lo suficientemente competente para hacer algo así, pero en algún momento hay que intentarlo.

    Usted nació en Rhode Island y se crió en Tennesse, ¿cómo terminó en el suroeste?
Terminé en el suroeste porque sabía que nadie había escrito sobre esta zona. Aparte de Coca-Cola, lo otro universalmente conocido de esa región son los indios y los cowboys. Puedes aparecer en un pueblo de las montañas mongolas que allí sabrán decirte algo de los cowboys. Pero en doscientos años nadie se ha tomado el tema con seriedad. Pensé que sería un buen tema. Y así fue.

    Se crió bajo los preceptos de la iglesia católica irlandesa.
Sí, un poco. No era un asunto demasiado importante. Los domingos íbamos a la iglesia. Ni siquiera recuerdo una conversación sobre ese tema.

    ¿El dios con el que creció es el mismo a quien el personaje de “La Carretera” cuestiona y maldice?
Podría ser. Me resulta interesante la visión espiritual de la vida y realmente considero que es significativa. Pero, ¿soy una persona espiritual? Me gustaría serlo. No hablo de encontrar una vida después de la muerte o ese tipo de cosas, sino sólo en el aspecto de ser mejor persona. Tengo amigos del Instituto, personas realmente brillantes con un trabajo duro, buscando soluciones a problemas complejos. Ellos mismos suelen decir que es más importante ser buena persona que ser una persona brillante. Y yo estoy de acuerdo con eso.

    Ya que “La carretera” trata de un asunto tan personal, ¿tuvo dudas de lo que iba a encontrar en la adaptación al cine?
No, había visto la película de John, “The Proposition”, conocía su reputación y creí que seguramente haría un buen trabajo. Además, tengo a la mejor agente. Ella no sería capaz de vender el libro a no ser que tuviera confianza. No es sólo cuestión de dinero.

    ¿Empezó “No es país para viejos” como un guión?
Sí, lo escribí como guión. Se lo mostré a alguna gente y no parecieron interesados. De hecho, llegaron a decirme que jamás funcionaría. Años después lo saqué y lo convertí en novela. No me tomó mucho tiempo. Estuve en los premios de la academia con los hermanos Cohen. Tenían una mesa llena de premios antes de que terminara la noche. Uno de los primeros que les entregaron fue el de mejor guión. Ethan se volvió hacia mí y me dijo: bueno, yo no hice nada, pero el premio me lo quedo.

    Para novelas como “Meridiano de sangre” llevó a cabo una extensa investigación, ¿qué tipo de investigación realizó para “La carretera”.
No sé. Solamente conversar con gente sobre cómo serían las cosas en diferentes situaciones catastróficas. Hablaba con mi hermano Dennis sobre ese espantoso escenario de fin del mundo y coincidíamos en que la población se dividiría en pequeñas tribus y que cuando no quedara nada terminarían comiéndose unos a otros. Sabemos que es algo cierto y demostrado.


    En relación con “La carretera”, ¿ha recibido muestras o reacciones de padres?

Tengo varias cartas similares de seis personas diferentes. Una de Auatralia, otra de Alemania, de Inglaterra. Todas ellas me lo relatan de manera parecida: comencé a leer el libro después de la cena y lo terminé a las 03:45 de la mañana siguiente; tuve que levantarme, correr escaleras arriba, despertar a mis hijos y quedarme allí, sentado junto a ellos, solamente abrazándolos.os en cuenta una cosa: nada nos garantiza sobrevivir a este minuto, la sobrevivencia es obra del azar.

Artículo original en inglés:  Aquí

Julian Barnes: El sentido de un final


Traducido por Yomar Glez
tomado de www.nytimes.com
16 de octubre de 2011
por Michito Kakutami

Si hay temas comunes en la escritura de Julian Barnes, desde su obra maestra de 1985 “El loro de Flaubert” hasta “La historia del mundo en 10 capítulos y medio” (1989), “Amor, etc.”, y colecciones recientes como “Pulse” (2011), es el carácter esquivo de la verdad, la subjetividad de la memoria y la relatividad de todo conocimiento. Mientras que sus primeros libros examinaban nuestra limitada capacidad para comprender a otras personas y otras épocas, su última novela, "El sentido de un final" (The Sense of an Ending) –ganadora del  Premio Man Booker en 2011- analiza las formas en que la gente distorsiona o adapta el pasado en un esfuerzo por desmitificar su propia vida.


Del mismo modo que hiciera su contemporáneo Kazuo Ishiguro en “Lo que queda del día” (The Remains of the Day), Barnes echa mano a un narrador no fiable para sustanciarlo –y en ambos casos podría parecer que inspirados en el clásico de Ford Madox Ford "El buen soldado". Como en algunas de sus obras anteriores, en "El sentido de un final" (el título está tomado de una obra de teoría literaria del crítico Frank Kermode) se pueden hallar frecuentes referencias filosóficas, y uno encuentra la satisfacción a través de la inteligencia más que de la emoción. Sin embargo, Barnes se las arregla para crear un  genuino suspense con una especie de relato psicológico de detectives. No solo queremos saber como el narrador, Tony Webster, reescribe su propia historia -y de paso descubre lo que ocurrió realmente 40 años atrás-, sino que también queremos entender esa necesidad  de hacerlo.

A sus 60 años Tony se  ha convencido de haber logrado un estado mental de paz y   tranquilidad, aún cuando nunca haya tenido ninguna de las grandes aventuras que de niño alguna vez soñó tener, aventuras similares a las que leía en los libros. El recuento de su juventud –que transcurre en la primera mitad de la novela- subraya la torpeza y represión que él y sus amigos de la secundaria experimentaban cuando se trataba de relacionarse con chicas: "¿Pero no eran los años 60? Sí, pero sólo para algunas personas y sólo en algunas partes de Inglaterra”.

En este punto, los recuerdos de Tony parecen bastante sencillos. Tony recuerda que veía a Adrian Finn, su compañero de colegio, como un "buscador de la verdad" y un modelo de sofisticación intelectual. Adrian, el brillante, el lector de Camus, fue a Cambridge mientras Tony asistía a una universidad menos distinguida donde además tuvo una relación con una enigmática mujer llamada Verónica Ford. Después de que finalizara esta relación, Adrian le escribió a Tony pidiendo su permiso para salir con Verónica. Entonces, de repente, a los 22, Adrian se suicidó y dejó una nota aclarabdo su decisión filosófica de elegir la muerte sobre la vida.

En cuanto a Tony, fue a trabajar como administrador artístico, se casó con una mujer razonable llamada Margaret, tuvieron una hija llamada Susie, y después de doce años logró un divorcio amistoso. Dice que admira a Adrian por tener el coraje de actuar según sus convicciones, mientras que él optó por el orden y la seguridad: "Yo reciclo, limpio y decoro mi casa para mantener su valor. He hecho mi testamento; y los negocios con mi hija, yerno, nietos y ex-esposa están, cuando menos, resueltos".

Tony recibe una misteriosa carta de un bufete de abogados donde le informan que una Sarah Ford –la madre de Verónica- le ha dejado algo en su testamento: un legado de 500 libras y, extrañamente, el diario de Adrian, que de alguna manera había llegado a sus manos. Este hecho remueve hasta los cimientos la certeza y el aburrimiento de la vida de Tony. Cuando Tony intenta que le entreguen el diario, se entera que Veronica se niega a dárselo –y todo esto conduce a una serie de intercambios crípticos con Verónica que lo hacen cuestionarse sus sentimientos por ella y, por tanto, la veracidad de todo lo que ocurrió hace tantas décadas.

¿Hasta qué punto nos engaña -y se engaña a sí mismo- con su explicación simplista de un triángulo amoroso entre él, Verónica y Adrián? ¿Ha idealizado el suicidio de Adrian, o utilizó el propio Adrian la explicación filosófica como la racionalización de un acto motivado por impulsos más oscuros, más desesperados? ¿Es Verónica la  culpable de la muerte de Adrian, o es una especie de víctima? Al sugerir estas preguntas Julian Barnes obtiene un resumen de las diferentes etapas en la vida de Tony y plantea muchas de las mismas cuestiones -edad, tiempo y mortalidad- que ya ha plantado de manera más emocional en libros recientes como "Pulse" y "La mesa limón "(2004).

Hay algo vagamente condescendiente sobre el retrato que de Tony hace el autor, lo presenta como un tonto miope, pasivo y agresivo a la vez, de modo que al lector le resulta difícil no enojarse con él. Y Barnes concluye la historia de Tony con un arrebato violento que se percibe más como un artificio narrativo que como una revelación  inevitable.

Barnes logra un resultado ágil, sin embargo, al desmenuzar la vida de su personaje a la vez que muestra cómo Tony ha rearmado su pasado con el fin de crear un personaje con el que poder vivir. Al hacer esto pone de relieve la manera en que la gente trata de borrar o editar sus locuras de juventud y desilusiones, convirtiendo los acontecimientos reales en anécdotas, y esas anécdotas en ficción.

"Me parece que esto puede ser una de las diferencias entre la juventud y la edad", dice Tony, "cuando somos jóvenes, imaginamos el futuro para nosotros mismos, cuando somos viejos, inventamos pasados diferentes a los demás."


Artículo original Aquí

Jonathan Franzen: Freedom (Libertad)

Traducido por The Galimatías
Tomado de www.nytimes.com

15 de agosto de 2010
Por Michito Kakutami
Freedom, la nueva novela de Jonathan Franzen pone sobre la mesa todas las herramientas literarias de su autor y su habilidad para abrir, al mejor estilo de Updike, una ventana a través de  la  que se nos muestre la vida de la clase media americana. Aquí, además de haber creado una familia inolvidable para la literatura, Frazen completa su evolución de sátiro apocalíptico que se burla de las dificultades sociales, políticas y económicas de su país, a una especie de realista del siglo XIX especialmente turbado por la vida pública y privada de sus personajes.

Mientras que en su primera novela, “Ciudad veintisiete”, Frazen bebe directamente de las narrativas de Thomas Pynchon y Don DeLillo para conseguir esa imagen lóbrega y lluviosa de una futurista ciudad de St. Louis; su éxito de 2001 “Las correcciones” señalaba la determinación de escribir una especie de “Los Buddenbrooks” americana y así ser capaz de evocar la contemporaneidad estadounidense –optando no por una épica transitoria o caricaturizada sino sabiendo deconstruir una historia familiar y ofreciéndonos un amplio retrato nacional  a la par que se aproximaba el materialismo de los años 90. 


En “Las correcciones”, Frazen descubre su voz más dinámica y aplaca esa tendencia suya a la pontificación sociológica. Sin embargo la novela es una especie de híbrido en el que los instintos satíricos y la visión misántropa del mundo parecen reñidos con su nuevo intento de crear personajes tridimensionales. Por momentos, parece que el autor quisiera exagerar la importancia de los símbolos reflejados en las experiencias de sus personajes, ya que les atribuye casi todas las corrupciones posibles: de la hipocresía a la vanidad, de la paranoia a la intriga maquiavélica.

En las páginas iniciales de “Freedom”, Frazen nos presenta a los miembros de la familia Berglund como a una sucesión de criaturas desagradables que asustan y perturban a los vecinos de St. Paul. Walter Berglund, conocido por su “bondad”, es un padre y esposo débil que fluctúa entre la pasividad y la agresividad, que se enorgullece de sus ideales de amor a la naturaleza y al mismo tiempo trabaja en una malvada compañía de carbón. Su esposa Patty, también de dulzura aparente, es una fiera de muy mal carácter que constantemente le riñe a Walter y quien inexplicablemente acuchilla las nuevas ruedas de nieve de su vecino. Joey, el hijo adolescente y engreído, se siente tan desgraciado en su hogar que termina yéndose a vivir con la familia de su novia a una casa vecina.

Estos apuntes a modo de farsa, sin embargo,  apenas se proponen mostrar el modo en que un extraño percibiría las características y rutinas de los personajes. Como ya ocurría en “Las correcciones”, Frazen tiende a incidir demasiado en emociones como la ira o la depresión. En Freedom las sufren la mayoría de los personajes, quienes a su vez las justifican con injusticias y desprecios que alguna vez sufrieron de manos de sus padres.

A medida que se desarrolla, la novela ahonda en la mente de cada uno y los va mostrando como seres humanos y no como estereotipos Nietzscheanos fácilmente divididos en las categorías “duros” (desvergonzados y ambiciosos) o “suaves” (blandengues y lloricas); nunca simples presas exacerbados por rencores añejos, sino gente confundida, perdida, capaces de modificar sus comportamientos e, incluso, trascender.

Llegamos a entender la relación entre Walter -serio y siempre deseoso de agradar, el buen soldado que se estremece de ira contenida- y Patty -atleta colegial convertida en ama de casa que mitiga la sensación de inutilidad y pérdida con alcohol y sarcasmo. Conocemos a Richard, el mejor amigo de Walter, músico encantador y obsesivo mujeriego, de quien Patty se enamoró décadas atrás y con quien tendría más tarde una aventura.

La continuas alusiones a “La guerra y la paz” que sugieren algún tipo de paralelismo entre el triángulo amoroso Walter-Richard-Patty y el de Pierre-Andrei-Natasha del clásico de Tolstoi resultan alegremente presuntuosas; no obstante, Frazen logra descubrir con eficacia la evolución de las relaciones entre sus tres personajes principales, así como la dinámica entre Walter, Patty y sus dos hijos Joey y Jessica. Es capaz de comprender y mostrar los improvisados juegos emocionales que pueden surgir en las familias y las rampas y escaleras psicológicas que pueden aflorar en sus vidas cuando menos lo esperan.

Desde el inicio de su carrera con “Ciudad veintisiete”, Frazen persigue con ambición poder escribir una Gran Novela Americana capaz de captar un estado mental nacional y este nuevo libro no es una excepción. Su propio título anuncia el tema que se moverá con intensidad dentro de la prosa: qué significa la libertad en el contexto de las responsabilidades familiares y de las creencias ideológicas; hasta dónde alcanza el desarraigo y la desintegración familiar esa libertad podría provocar.

Pero no es su leitmotiv ni su argumento enrevesado y dikensiano lo que le otorga su peso a esta novela y mantiene la atención del lector, sino sus personajes y la habilidad de encontrar el absurdo de la vida contemporánea (al estilo de David Foster Wallace) en donde “el planeta  se calienta como una tostadora” o la gente usa tarjetas de crédito para comprar un paquete de chicles  o un perrito caliente (“el dinero en efectivo es realmente anticuado”), donde la guerra entre partidos parece tener el propósito de acabar con el país y los blogs con opiniones desmedidas, desquiciadas o incendiarias se celebran y reconocen como genuinas expresiones del descontento colectivo.

A través de una prosa visceral y lapidaria, Frazen nos muestra como sus personajes luchan por guiarse dentro de un mundo de artilugios tecnológicos y costumbres siempre cambiantes, cómo intentan resolver la ecuación que se plantea entre sus expectativas de vida y la gris realidad, entre sus ideales políticos y las urgencias personales. Es capaz de ir desde la comedia adolescente (el incidente de Joey cuando accidentalmente se traga su anillo de compromiso justo antes de unas vacaciones con la chica de sus sueños) hasta la tragedia (lo que le ocurre a la asistente y nueva  amante de Walter cuando se embarca sola en un viaje a la región carbonífera de Virgina). Frazen demuestra su habilidad para sostener un espejo frente a las personas que habitan su lóbrego mundo mientras traza un retrato de sus turbias vidas interiores.

En sus trabajos anteriores, Frazen tendía a imponer la aparente visión mecanicista y cínica de sus personajes respecto al mundo, amenazaba con convertirlos en meros peones del autor guiados por imperativos naturales básicos. Esta vez, al haber creado individuos dentro de su conflicto, capaces de ir contracorriente y de escoger su propio destino, ha escrito su novela más profunda hasta el momento, una novela que resulta a la vez apremiante biografía de una familia disfuncional y retrato indeleble de nuestros tiempos.