24 mar. 2019

LIBROS

   Esta tarde he estado haciendo limpieza de cajones y carpetas. En ellos he encontrado un par de proyectos en los que creo vale la pena trabajar. He estado manoseando también libros o proyectos que se van un poco más atrás en el tiempo y sobre los que sé que no voy a volver.

   Así que he decido colgarlos en páginas más o menos organizadas. En este blog, bajo la pestaña "LIBROS", se pueden encontrar enlaces a ellos. Si alguien quiere husmear por ahí o, incluso, leerlos, es libre de hacerlo, mientras se lo permita la paciencia.




23 mar. 2019

Ese blues

      En algunas cuestiones, la música es como el amor. No sabes por qué te sientes tan atraído por una persona, no tienes muy claro cuál es el detalle, el exacto matiz que te cautivó, pero no puedes dejarla ir. Como la música. No sé muy bien por qué me gusta el blues. Nadie de mi familia escuchaba blues, ni mis amigos, ni ningún profesor. No nos pasábamos las cintas de Robert Johnson, Muddy Waters ni de Son House para copiarlas en ese mecánico antecesor del pirateo que era la “doble casetera”. Posiblemente, la primera vez que haya escuchado un blues “de verdad” haya sido bastante entrado en años. Aún demoró en colarse. Poco a poco, mis listas de reproducción fueron repitiendo algunos temas, engordando de guitarras, de voces rasgadas, de caras negras y viejas y sudadas y espléndidas y risueñas y felices.

No tengo ni idea de por qué me gusta el blues.

Pero algo te digo, pocas cosas me hacen tanta compañía como cuando, en algún momento del día (como ahora), me sirvo un whisky abundante, con un hielo y un chorrillo de Perrier’s, y me dejo acariciar por esas guitarras tan distantes, aquí, dentro de mí.

22 mar. 2019

Cuchillo y revólver


      Ciertos días, al menos dos veces al año, llevábamos a una esquina los dos cerdos que mi bisabuelo había seleccionado previamente. Les ponían algo de comer. Hacía años un cerdo había mordido al bisabuelo y le había arrancado las falanges del dedo meñique y el anular de la mano izquierda. Desde entonces se había habituado a tumbar al animal de un mazazo en la cabeza antes de acercarse demasiado a la boca. Decían que había terminado por disfrutar el sonido de la maza al golpear el cráneo, del propio cráneo al romperse y verlo desplomarse. Sólo entonces se acercaba y le hundía el cuchillo bajo el cuello. Un año el bisabuelo nos puso, a mi primo y a mí, el cuchillo en las manos y nos dijo que nos tocaba. Andábamos por los doce o trece años. El animal estaba tirando sobre el lado derecho y parecía muerto. Pero yo sabía que no lo estaba, sabía que cuando fuera capaz de meterle el cuchillo se removería, patearía, abriría la boca. Puse el cuchillo entre los huesos del pecho recordando las instrucciones: un poco ladeado a la izquierda, buscando el corazón. Empujé el cuchillo y noté como había un instante de resistencia, como cedía la epidermis y cómo la punta del cuchillo se apresuraba dentro, se escapaba de mi control y se hundía por completo hasta la empuñadura. Me sorprendió el fino hilillo de sangre que salió al retirar el cuchillo y el olor, una mezcla nauseabunda y cálida. Tienes que darle al corazón, hijo, me dijo el bisabuelo, dale de nuevo, un poco más a la izquierda. Tuve mucho más suerte la segunda vez y cuando metí el cuchillo salió un caudal espeso de sangre que me anegó las manos. La abuela surgió de la nada y puso una cazuela bajo la herida para recoger la sangre mientras yo aguantaba las ganas de vomitar y trataba de no pensar en mis manos ensangrentadas. 

Mi primo no pudo hacerlo.

Sobre este debate que se han inventado en cuanto al derecho de portar armas de fuego: la diferencia que hay entre un arma blanca y un arma de fuego, en cuanto al hecho de matar, o de causar daño a otra persona o animal, es que un arma de fuego se dispara fácilmente, no hay una interacción directa entre la victima y el victimario. Aprietas el gatillo y hieres. Demasiado fácil. 


18 mar. 2019

Sendero (una ficción)


         A un lado del sendero se abría un precipicio, al otro, un verdor exuberante y tupido, infranqueable. Ambas circunstancias eran inamovibles, así que no le quedaba otra alternativa que seguir hacia delante. Durante un rato le estuvo sobrevolando un pájaro, un ave negra que le hacía recordar a un cuervo –aunque él nunca había visto uno-, un cuervo gigante y sin plumas en el cuello ni la cabeza. El ave estuvo volando en círculos sobre su cabeza, sin batir las alas, como si la empujara algún tipo de fuerza misteriosa, una inercia infinita, algo así de turbio. El ave bajó y se posó en su hombro izquierdo. La patas, las garras, se agarraron con fuerza allí. Sabía que no podía hacer nada para evitar todo aquello, el sendero, las patas del ave clavadas en su hombro. El pájaro volvió a levantar el vuelo llevándose con ella un trozo de su carne. Voló unos metros, se posó en mitad del sendero y comenzó a picotear la comida. Él se detuvo y estuvo mirando. Estás muy sabroso, le dijo el ave, vendré más tarde a por un poco más. Hijodeputa. Cuando el pájaro desapareció, el sendero también. Todo a su alrededor era un acantilado y frente a él, en otra de las montañas había una especie de monte Rushmore de rostros familiares tallados en la piedra, inmensos, insoslayables. Hizo un gran esfuerzo por recordar los nombres y las circunstancias de aquellas caras, pero no lo consiguió. Desde el estómago le subió una nausea, y después un temblor, y después el miedo. ¿Quiénes son ustedes?, gritó. El dolor de la herida en el hombro se le hizo insoportable. Encontró una píldora en uno de los bolsillos del pantalón y en el momento en que la iba a poner en su boca se le escapó de las manos y cayó. A cada segundo que transcurría el dolor se hacía más intenso. Se miró el hombro y se dio cuenta de que había media docena de aves diminutas que picaban y tragaban, picaban y tragaban. No lo puedo permitir, dijo. Saltó al vacío en el momento cuando las caras talladas en la montaña comenzaban a sonreír y él se daba cuenta de que acaba de comprenderlo todo.


11 mar. 2019

Apostar

  La mayoría de los asuntos que nos enturbian la existencia son resultado de la equidistancia. Existimos en el punto exacto entre el ser y el no ser. Vivimos sin compromisos, siendo sin ser. Impermeables. Inodoros e insaboros, por tanto. Creo que nos falta apostar por cosas. Jugarnos la comodidad por cosas. Morir por cosas.
He leído esta mañana en un artículo (basado en una tesis doctoral) del Psychology Today que una de cada 5 mujeres en una relación sentimental estable tiene, lo que en el artículo llaman, un backup boyfriend; o sea, una persona con la que mantienen una cierta relación a la que echar mano si la “primera” relación no fructifica o no se desarrolla según lo esperado. Es un ejemplo, hay otros muchos que no atañen a mujeres ni a las relaciones sentimentales. Pero, nos sirve de ejemplo en cuanto a tendencias. Y la tendencia es hacia la cobardía. En el caso que refleja el artículo el temor a que no vaya bien con la relación actual, motiva a ciertas personas a no apostar por ella y a pensar que no vale la pena hacerlo porque si no sale bien, ya hay un “novio de reemplazo”. Miedo y cobardía son una mala mezcla. Y los resultados no suelen ser buenos. Apostar por aquello en lo que creemos no suele asegurar la continuidad ni consecución, pero suele dar mejores resultados que la equidistancia.
Así que, mientras el planeta sigue girando, yo, como humano que soy, querido Diario, deseo que la gente apueste por cosas, por las que cada cual crea importante. O, ya que la “la gente” es un concepto demasiado impreciso y opaco, precisando un poco, desearía que aquellos más cercanos, quienes me quieren o a quienes quiero apuesten por cosas, se jueguen la vida y se satisfagan venciendo la cobardía de la equidistancia. Y yo, yo también quisiera ser capaz.
©Osbel Concepción

7 mar. 2019

Votad a Vox

No he hablado mucho de mis filiaciones ideológicas. No existen. Hace tiempo que me proclamé incompetente ideológico. Las ideologías y las religiones son como esa mujer (o ese hombre, que no conozco, cuáles son tus apetencias sexuales) que te hace creer que existe para que te sientas mejor soñando con ella. La ideología es eso que ha inventado alguien para poner barreras entre la persona y su derecho a disentir; eso que sirve para separarnos entre facciones, como si no estuviéramos ya lo suficientemente separados.

Hace poco, habrás oído, un programa de televisión se propuso encontrar en el pueblo de Marinaleda a los votantes de Vox. Marinaleda, para quien no lo sepa, es un pueblo de la provincia de Sevilla donde se ha desarrollado un experimento seudocomunista. Vox, para quien no lo sepa, es un partido político de reciente creación, de extrema derecha, cercano a los postulados de otros partidos populistas de derecha europeos (Forza Italia, Frente Nacional en Francia, Partido de la Libertad en Austria). No sé por qué los realizadores del programa creyeron que eso era una buena idea. No sé, quizás no se dieron cuenta… O quizás lo hicieron sólo porque son hijo de putas.

No creo que Vox traiga nada bueno para España. Pero tampoco creo que Podemos traiga nada bueno. Y ya puestos, ni el PP, ni el PSOE, ni Batasuna, ni Esquerra Repúblicana… Los políticos son ese mal que tenemos que soportar. Si te gustan las citas, querido Diario, aquí tienes una de Ambrose Bierce: "Política, sustantivo. Una lucha de intereses disfrazada de competición de principios. El manejo de los asuntos públicos para el beneficio privado" (Politics, noun. A strife of interests masquerading as a contest of principles. The conduct of public affairs for private advantage). Le creería más a un político que me dijera que lo es para aumentar su capital, para crear contactos de los que beneficiarse, para saciar su ego, por su propio bien, en resumen; que a otro que nos haga creer que se hizo político por el bien común, para hacer un país mejor, para luchar contra las injusticias, etcétera.

De cualquier modo, si queréis votar, votad. A quién queráis. En libertad. Aunque otros os digan que esto está bien o está mal. Aunque os intenten señalar, aunque se ofendan. ¡Que se jodan! Nadie decide por ti. Ni en política, ni en ninguna otra cosa.

La libertad cada día es más escasa, y los políticos (y sus jaleantes huestes y los bienpensantes y los ofendiditos) se esfuerzan cada día por coartarla un poquito más. Por eso, defiendo que cada cual haga valer esa libertad de la mejor manera posible, lo mejor que pueda o le dejen. No sólo en cuanto a la política, pero también en ella. Así que: sed comunistas, liberales, nacionalistas, independistas, españolistas, sed de izquierada o de derecha, si es lo que os apetece. Sed libres y respetad la libertad de los demás. Votad. O no votéis. Quemad banderas. Dedid que los Borbones son una rémora o defendedlos. Sed libres. Defended vuestro derecho a serlo. 

© Yomar González

1 mar. 2019

La libertad no es una moto

     La primera moto a la que subí era aquella Jawa checoslovaca (sí, había un país que se llama Checoslovaquia), que mi padre se había comprado por la década del setenta. Terminó siendo mi moto, aunque siempre estuvo a nombre de él, y seguía existiendo y funcionando cuando mi padre murió hace algunos años. Con ella anduve por caminos y carreteras de aquel país que quedó atrás. Con ella aprendí a tragar polvo, a soportar el adormecimiento de las muñecas, algo de mecánica, que en el trópico también se podía llegar a sentir frío. Y aprendí que existe ese sentimiento distinto de andar el mundo en moto.
Hace unos días, conocimos a Ricardo Fité y tuvo la amabilidad, aún cuando le dijimos que no íbamos a comprar su libro “No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto”, de contarnos partes de sus experiencias en ese y otros de sus viajes. Antes sus anécdotas, mis batallitas moteras (aquel día que salimos con un huracán casi en nuestras cabezas, los 250 km por caminos semidesérticos en la Triumph Bonneville T140...), se sintieron tan ridículas que se escondieron. Ricardo Fité había ido, solo, en una Yamaha SR 250 que ya había tenido un siniestro total, hasta Mongolia. Y Mongolia es un sitio al que se tarda en llegar, cualquiera que sea el sitio desde el que se salga. En una entrevista Ricardo termina diciendo: "La libertad es una droga. ¡Qué maravilla atravesar la inmensidad! Creo que la recta más larga del mundo está en Karakalpakistán. O eso me pareció. Claro que no encontraba agua y se me acababa la gasolina." Y creo que de eso se trata, de libertad, de ese sentimiento primario y elemental de sentirte parte del entorno, mezclado, como si fueras a galope tendido por una sábana mongola. Y amamos la libertad, y nos la inventamos si no existe, aunque sea un rato, aunque sea un domingo por la mañana, un ratillo, a galope.
La libertad no es una moto. Pero, déjame la ilusión.